
De la ilusión al escombro: El trágico retorno de una familia tras los sismos en Venezuela.
Lo que debió ser un reencuentro marcado por la emoción del regreso se ha transformado en una de las historias más desgarradoras de la ola de sismos que asola a Venezuela. Adela Taberneiro y Yhosvany Hernández Fernández, una pareja residente en la localidad pontevedresa de Marín (Galicia), habían planificado meticulosamente sus vacaciones. Querían que sus hijos, Lía Fernanda y Ulises, quienes salieron de Venezuela siendo prácticamente unos bebés, experimentaran por primera vez los recuerdos de su tierra natal. Hoy, esa ilusión permanece bajo toneladas de hormigón en el complejo residencial OPP 33, en La Guaira.
La fecha del viaje no fue casual. La familia buscaba unirse a las celebraciones del 23 y 24 de junio, coincidiendo con los cumpleaños del abuelo y del propio Yhosvany. Tres generaciones se congregaron en un apartamento situado en el segundo piso de la torre. Sin embargo, la celebración se vio interrumpida de forma abrupta cuando la tierra tembló con una violencia inédita, provocando el colapso frontal y absoluto del edificio.
Dentro de la tragedia, el azar determinó el destino de algunos presentes. Minutos antes del colapso, el hijo de Mabel Hernández (hermana de Yhosvany) y su esposa decidieron abandonar momentáneamente la mesa del comedor para salir a la calle a fumar. El argumento fue simple.
Proteger a los niños del humo. Esa pequeña decisión los salvó de quedar atrapados, convirtiéndose de inmediato en testigos directos del desplome de la estructura.
Desde ese instante, Mabel Hernández se ha convertido en el rostro de la desesperación en el descampado de La Guaira. Pese a que el umbral crítico de las 72 horas de supervivencia concluyó el pasado sábado, se niega a abandonar la zona cero, donde duerme al raso esperando una señal de vida de sus padres, su hermano y sus sobrinos.
A la devastación natural se suma la parálisis operativa. A pie de ruina, los familiares critican con dureza la gestión gubernamental de la emergencia. Aunque al lugar llegó una segunda excavadora para apoyar las labores manuales de los rescatistas internacionales, la maquinaria pesada se encuentra inoperante debido a la falta de combustible.
“¿Cómo me van a decir que en este país no hay gasoil para la máquina?”, denuncia Mabel entre lágrimas, señalando que la falta de recursos y la inacción institucional rozan la negligencia. A diferencia de los sectores residenciales de mayores recursos, donde la asistencia ha sido más ágil, en las zonas populares son los propios civiles quienes remueven el cemento con sus manos y se apoyan en las linternas de sus teléfonos móviles durante las largas noches.
A miles de kilómetros, en la comunidad gallega de Marín, la incertidumbre se vive con igual crudeza. El colegio donde estudiaban Lía Fernanda y Ulises dio la voz de alarma tras constatar la falta de noticias.
La confusión aumentó durante las últimas jornadas debido a falsos listados oficiales que sugirieron que la familia gallega había sido localizada a salvo. La información errónea nació de una coincidencia de nombres con otro familiar que reside en Florida, disipando rápidamente el breve respiro que habían tenido los allegados en España. Mientras el balance general en el país sudamericano supera ya las estimaciones iniciales y se adentra en un escenario de catástrofe histórica, la búsqueda de la familia de Marín se aferra a un milagro logístico y humano que parece no llegar.
Publicado el : 30 de junio de 2026

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