
príncipe Turki al-Faisal ingresa en la Academia del Reino de Marruecos.
La Academia del Reino de Marruecos incorpora al príncipe Turki al-Faisal como miembro asociado
En un acto que refleja los profundos vínculos históricos y el intercambio de conocimiento entre Rabat y Riad, la Academia del Reino de Marruecos ha investido este lunes al príncipe Turki al-Faisal bin Abdulaziz Al Saud como miembro asociado de esta institución académica marroquí. La ceremonia ha reunido a destacadas personalidades del pensamiento, la justicia, la diplomacia y la cultura, entre ellas André Azoulay, consejero del rey Mohamed VI, y Mohamed Amine Benabdallah, presidente del Tribunal Constitucional, además de varios representantes del cuerpo diplomático extranjero acreditado en Marruecos.
El príncipe Turki nació en La Meca a mediados de febrero de 1945. Cursó sus primeros estudios en la Escuela Modelo de Taif antes de trasladarse a Estados Unidos, donde estudió en la Lawrenceville School, en Nueva Jersey, y posteriormente en la Universidad de Georgetown. A lo largo de su trayectoria ha ocupado diversos cargos, entre ellos el de asesor de la Corte Real saudí y director de los servicios de inteligencia de Arabia Saudí. También ejerció como representante diplomático de su país en el Reino Unido e Irlanda, así como en Estados Unidos. Actualmente, es miembro del consejo de administración de la Fundación Rey Faisal y preside el Centro Rey Faisal de Investigación y Estudios Islámicos.
Durante la ceremonia, el secretario perpetuo de la Academia del Reino, Abdeljalil Lahjomri, afirmó que «la vida de las instituciones intelectuales se renueva cada vez que se incorpora a ellas una trayectoria capaz de aportar una nueva perspectiva del mundo». Desde esta óptica, señaló que la incorporación del príncipe Turki al-Faisal trasciende el propio acto de ingreso, ya que en su figura convergen la experiencia de Estado, la práctica diplomática, la investigación y el interés por la historia, la cultura y las relaciones internacionales.
Lahjomri añadió que, si algunas trayectorias se valoran por los cargos que han ocupado sus protagonistas, la del príncipe saudí debe interpretarse también a partir de la amplitud de sus horizontes, la diversidad de sus ámbitos de actuación y la coherencia de su visión. Sus sucesivas responsabilidades lo situaron en el centro de importantes transformaciones políticas e internacionales y le permitieron observar, desde distintas posiciones, los profundos cambios experimentados en las relaciones entre Estados y sociedades, así como el impacto de los medios de comunicación y la tecnología en las formas de pensar, la construcción de la conciencia colectiva y la toma de decisiones.
El secretario perpetuo recordó que el príncipe inició su carrera en las instituciones del Estado saudí como asesor de la Corte Real en 1973, antes de incorporarse al servicio diplomático como embajador de Arabia Saudí en el Reino Unido e Irlanda y, posteriormente, en Estados Unidos. Este recorrido, explicó, le proporcionó un contacto directo con crisis y transformaciones que han marcado buena parte de la historia de las últimas décadas, consolidando su experiencia en el análisis de las relaciones internacionales desde el interior de sus acontecimientos y complejidades.
No obstante, Lahjomri subrayó que su trayectoria no se limitó a los ámbitos político y diplomático, sino que estuvo acompañada de un interés constante por las instituciones culturales y del conocimiento, una dimensión que, a su juicio, aporta otra perspectiva a su experiencia pública.
En este contexto, destacó la pertinencia del tema de la lección de investidura que pronunciará el príncipe, titulada «Los papeles de la cultura en un mundo cambiante», por su estrecha relación con su recorrido intelectual. El interés por la cultura, señaló, no aparece aquí desvinculado de la política, la historia o las relaciones internacionales, sino que nace de una experiencia que permite comprender que las grandes transformaciones no se limitan a las instituciones, la economía o los equilibrios de poder.
Por el contrario, sus efectos alcanzan también a la manera en que las personas se perciben a sí mismas y al mundo, a los valores y referentes que adoptan, y a su relación con la memoria, la identidad, los demás y el futuro.
El responsable de la Academia del Reino sostuvo que el cambio se ha convertido en una característica permanente de nuestra época, y no en un fenómeno excepcional. Las formas de conocimiento evolucionan, los canales de comunicación se transforman, las ideas circulan a mayor velocidad y las sociedades estrechan sus vínculos, al tiempo que aumentan los espacios de tensión y de incomprensión mutua.
En estas circunstancias, explicó, la cuestión ya no consiste únicamente en determinar si la cultura puede preservar el patrimonio heredado, sino también en establecer hasta qué punto es capaz de proporcionar al ser humano herramientas para comprender un mundo que, en ocasiones, cambia más rápido de lo que puede asimilar.
Desde esta perspectiva, Lahjomri rechazó una concepción limitada de la cultura, circunscrita a las artes y las letras. La definió como un sistema de valores, lenguas, símbolos, representaciones y formas de pensamiento y comportamiento que proporciona a las personas un marco para comprender su relación consigo mismas, con los demás y con el mundo.
Asimismo, señaló que el ser humano no se incorpora a la sociedad sin referentes previos, sino que construye su percepción del lugar que ocupa en su comunidad a través de la lengua, la memoria, la historia, las costumbres y las expresiones simbólicas. Estos elementos alimentan su sentimiento de pertenencia y continuidad.
Sin embargo, añadió, la identidad se enfrenta a nuevos desafíos en el mundo contemporáneo, donde la circulación de personas, ideas e imágenes ha incrementado la apertura y la interconexión entre las sociedades. Esta realidad sitúa al individuo ante múltiples referentes que, en ocasiones, pueden complementarse y, en otras, entrar en conflicto.
Por ello, consideró que la vitalidad de una identidad no se mide por su capacidad para resistirse a cualquier novedad, sino por su aptitud para interactuar con ella desde la conciencia y la confianza en sí misma.
Lahjomri advirtió también de que una identidad que se encierra por temor al cambio corre el riesgo de convertirse en una memoria inmóvil, mientras que otra que se abre sin criterios puede perder la capacidad de definirse. Entre ambos extremos, sostuvo, la cultura contribuye a construir un equilibrio que permite preservar los elementos de continuidad sin cerrar el paso a la renovación.
En este sentido, explicó que la cultura determina en gran medida cómo una sociedad interpreta lo nuevo, qué límites establece y de qué manera lo incorpora a su vida colectiva. Conocer al otro, afirmó, no debilita la identidad propia, del mismo modo que respetar las diferencias no implica suspender los valores ni renunciar a los referentes propios.
En la parte final de su intervención, el secretario perpetuo de la Academia del Reino defendió la necesidad de desarrollar una conciencia capaz de reconocer que la diversidad no es incompatible con la convivencia. A su juicio, el diálogo intercultural alcanza una mayor madurez cuando se sustenta en el conocimiento, el respeto, la escucha y la capacidad de comprender perspectivas diferentes.
Lahjomri concluyó que el valor de la cultura no puede medirse únicamente por su contribución económica, ya que su función más profunda consiste en ampliar la capacidad humana de formular preguntas. La filosofía, la literatura, las artes y las ciencias humanas no siempre ofrecen respuestas definitivas, pero impiden que la realidad quede reducida a una única interpretación.
Además, estas disciplinas enseñan a examinar los acontecimientos desde diferentes perspectivas y proporcionan la distancia crítica necesaria para cuestionar las ideas dominantes, los discursos influyentes y las imágenes que configuran la percepción colectiva.
Publicado el : 26 de octubre de 2026
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